Ufa con Clarín

Se les nota mucho muchachos. Y eso es un bajón. Porque aunque ustedes no lo crean, y nosotros tampoco, la mayoría de la gente de verdad piensa que ustedes son independientes. Porque la mayoría de la gente no conoce los entretelones de las distintas actividades, profesiones y oficios que nos rodean. Por ejemplo: cuando yo voy a la tintorería y le pregunto al señor que me atiende si la mancha del saco va a salir y él me responde “vamos a tratar, aunque sea difícil”, yo le creo. Aunque el tipo me esté mintiendo y los que están planchando sonrían, yo le creo. ¿Por qué le creo? Por la sencilla razón de que de tintorería no sé un catzo.
Para colmo, si uno hace todo un alarde de esa profesión amparándose en el autobombo de la neutralidad, la objetividad y cosas tan trascendentes, ¿cómo no creerlo, cómo no creerles?
Mi viejo, que ya está jubilado, es lector de Clarín desde siempre. Alguna vez conté, acá, que yo aprendí a leer con el Clarín en la carnicería de mi papá. Como todo laburante, tuvo mejores y peores épocas. Épocas en comprar el diario y el Gráfico y la Billiken y épocas en que nada. Hace un par de años, cuando se jubiló, me dijo una tarde: “Cada vez tengo que ajustar más el presupuesto. Pero me quiero seguir dando algunos gustos, eh!, el diario todos los días y un Quini 6 por semana”.
Ese mismo tipo, mi viejo, que lo único que hace ahora es leer el diario, ver todos los partidos de fútbol del planeta tierra y jugar billar a tres bandas dos veces por semana, me confesó apenado mientras tomábamos mate en la cocina: “El diario (cuando dice diario es Clarín, ¿está claro?) ya no se puede leer. Antes yo lo leía y más o menos sabía como venía la cosa. En todo caso, si quería ver la versión de izquierda te ojeaba cada tanto el Página, y si quería ver lo que pensaban los liberales te afanaba La Nación, aunque nunca entendí por qué vos lo comprabas. Pero ahora me quedé sin diario, el diario para los tipos como yo. Siento que me mienten hasta en la formación de Racing”.

Es triste. Hay un montón de gente así huérfana. Y un montón de empresarios de medios que todavía no se apiolaron. Todavía.

Ah, saludos a Martin Bravo, eh.

Las instituciones: el Reglamento de la HCD

Hoy leía a Viau en Crítica decir que “En los pasillos se especula con que el momento indicado para ella (la “algarada”, sic) sea el de la integración de las comisiones, un punto previsto en el reglamento pero ausente de la comunicación que recibieron los diputados electos”.

Ajá. Se viene un post de los aburridos. Esos en que uno va y consulta a las “instituciones” en vez de escuchar a las partes. Y en este caso la “institución” es el Reglamento de la Cámara de Diputados de la Nación.
Repasemos: lo que se discute son dos cosas: las autoridades de la Cámara y la integración de las comisiones. Veamos qué dice el Reglamento en cada caso:

CAPÍTULO I - De las sesiones preparatorias
Artículo 1: Dentro de los diez primeros días del mes de diciembre de cada año, la Cámara de Diputados será convocada por su Presidente a los efectos de proceder a su constitución y a la elección de sus autoridades de acuerdo a lo establecido en el artículo 2º de este Reglamento
.

Artículo 2: Reunidos los Diputados en ejercicio, cuyo mandato no finalice en el mes corriente, juntamente con los electos, en número suficiente para formar quórum, se procederá a elegir entre los primeros, a pluralidad de votos un presidente provisional, presidiendo esta votación el Diputado en ejercicio de mayor edad.

CAPÍTULO III - De las sesiones en general
Artículo 29
En las sesiones preparatorias correspondientes a los años de renovación de la Cámara, ésta, por sí o delegando la facultad en el Presidente, nombrará las comisiones permanentes a que se refiere el artículo 61.

O sea: dice "nombrará las comisiones", no "integrará" las comisiones. Acá tenemos un primer problema. La mayoría de los años –lo que llaman “tradición parlamentaria”, je, la “integración” de las comisiones se hace en febrero, cuando los “nuevitos” ya lograron entender cómo funcionan los internos, consiguieron despacho y lo limpiaron y pusieron el dispenser del agua. Y esa “integración” se hace de acuerdo a las propuestas que cada bloque eleva al presidente. Porque hay dos –al menos- negociaciones en paralelo: con el resto de los bloques a efectos de la repartija y por otro lado para dentro de cada bloque para ver quién va a cuál comisión (en general estas peleas son las más encarnizadas). Otra tradición es que casi nunca un diputado nuevo preside una comisión.

Como no queda claro en el Reglamento, veamos entonces otro lindo librito que pueden encontrar acá: El Reglamento Comentado por Schinelli. (Ojo: los números de artículos a veces no coinciden porque este libro es de 1996 y luego fue modificado varias veces, cambiando el número del articulado).
Allí, en la página 144, apartado 61, dice: “La delegación en el presidente de la facultad de integrar las comisiones permanentes, es el procedimiento habitual. Si la Cámara decidiera hacer por sí esos nombramientos, ello obligaría a utilizar votaciones nominales complicándose en exceso un mecanismo en principio engorroso, dado que la decisión no puede ser absolutamente discrecional: por el artículo 87R (ahora 105) se debe atender a la “proporcionalidad” en la integración de las Comisiones. La cuestión se agudiza por la circunstancia de que esa decisión es una de las de mayor contenido político-partidario, y por ello origina complicadas negociaciones, que serían casi imposibles en manos de un plenario deliberativo”.

Seguimos con dificultades normativas, verdad?

¿Y cómo se integran las Comisiones?:
Artículo 105: La designación de los Diputados que integrarán las comisiones permanentes o especiales se hará, en lo posible, en forma que los sectores políticos estén representados en la misma proporción que en el seno de la Cámara.

Ay. Ese “en lo posible” va a traer cola.

En definitiva: el Reglamento es el Reglamento de un ámbito político por excelencia. En virtud de ello tiene las suficientes “lagunas” cosa de que sea tan flexible en su interpretación como las necesidades políticas del momento. Por ejemplo: que alguien me diga dónde dice la cantidad de Vicepresidencias que tiene que haber. Minga. Eso se acomoda muchachos.

Lo mismo vale para la integración de las Comisiones: nombrará, integrará, en lo posible.

¿Para que escribí todo esto? Para demostrar que Viau escribió fruta. Eso.
¿Cómo va a terminar la pulseada? Ni idea, yo no soy periodista.

Martes de cenizas, miércoles de resurrección

Lacló, Lacló, Lacló, la puta que te parió!!!



O “Lacló, Lacló/ qué grande sos”, no recuerdo cuál de las dos canciones oí cantar en mi sueño. Yo tuve un sueño: pasaba caminando por el bar Antojos de avenida de Mayo y entre dos sacaban a empujones a alguien cuya cara y cuya voz eran las de Mendieta. Este falso Mendieta gritaba “¿quién carajo les tradujo tan mal a Lacló?”. Los personajes de los sueños son ficticios, y cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia. “La moda de un Fucó o Fuckuyama fue menos nociva –decía mi Maestro- y toda moda literaria es una ficción que encubre intereses. Tras ella. Por ella. Sobre ella. Contra ella.”

“Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano…¿entonces, qué?“
Samuel Taylor Coleridge (1772-1834)

Micro Post Político

Que jodido en este país ser de Centro, ¿no?

La-men-ta-ble.

Micro Post Político (

Che, me dan una mano?

Si ya venía posteando poco y barato, preparensé ahora porque va a ser peor.
Después de 15 días de bancarme un dolor fuerte en un dedo, luego en la mano, luego en el dedo, los dedos, la mano y el codo, y automedicarme en consecuencia, dije: tendría que ir al médico.
Bueno. Fui. Y volví con un yeso que me llega, precisamente, hasta el codo. Nada grave: una tendonosecuantonitis vaya a saber originada por qué. Seguro que de hacer deporte no.
Pero igual quiero dejar planteadas algunas cosas importantes, que digo cosas, convicciones!!, a pesar de estar tipeando trabajosamente con una sola mano. Porque cuando la República y las Instituciones, así con Mayúsculas, se ven amenazadas, no debemos trepidar en los esfuerzos que haya que hacer. Porque si ahora no escribo, amparándome en mi dolencia, seré cómplice por omisión cuando mañana amanezcamos presos, todos, presos de una dictadura atroz que se esconde tras formalismos pseudo-democráticos.
Porque ojo, hay que hacerse cargo: tras esa fachada electoralista -me refiero a la elección de 2007, que dio una legitimidad claramente segmentada, se esconde la semilla de todo mal, de toda abyección y de todo todo lo malo. Ay, Patria mía, como dice ese excelente libro que estoy leyendo del gran ensayista Aguinis.
Y lo voy a decir. Me voy a dar el gusto, aprovechar los últimos vestigios de libertad que van quedando y lo voy a decir: Los KKs deben irse. Y si no se van hay que echarlos. Por el bien de la Patria, que somos sus ciudadanos y no esos negros de mierda acostumbrados a vivir de nuestros impuestos y procrearse como conejitos para ir a gastarse MI plata en vino. Para colmo en tetrabrik, si serán brutos. Y ellos, los KKs y toda la porquería que los rodean, como Moyano, Delía y...y...ese...KunKel, ese!, nos están matando a todos.
Ahora, más tranquilo, con el deber cívico cumplido, les pido que reenvíen esto a todos sus contactos y eleven una oración al cielo por el pronto reestablecimiento de mi mano izquierda, con la que escribía hasta este infausto hecho. 

Teorías incomprobables sobre:

Los modos de lectura y otros consumos culturales (?):

Empecemos por el principio. A mí me gusta más leer que escuchar la radio, música, ver televisión o ir al cine. Y esto sí lo tengo científicamente comprobado. Por empezar, si voy por la calle caminando, o en el bondi, no puedo dejar de leer. Y que se entienda. No digo que voy leyendo un libro o el diario, no.

No puedo parar de leer todo lo que sean letras y pasan delante de mis ojos. Algo así: Subte, Haciendo Buenos Aires, camas, licencia número 2134 GCBA, papas dos kilos tres pesos, sinteplast, andamios BA, salas de ensayos, clarín miente, su ruta. Pero esto no es todo. Las ganas de leer le pueden llegar a ganar a todo. Otro ejemplo: estoy viendo Racing contra Boca, es domingo a la tarde y tirado en el piso está Enfoques de La Nación. Posta que lo termino ojeando mientras mantengo atención flotante sobre el relato que llega desde la tele.

Ahora bien. Soy un pésimo lector. Por empezar no puedo leer un solo libro a la vez y muchísimo menos clavarme las obras completas de nadie de un saque. Yo necesito ir mechando el siguiente combo: una novela (si es policial negro mejor), algún clásico de la literatura, un ensayo sobre política o filosofía y uno de historia. Así, un rato cada uno, asegún el humor. Pero, para colmo, no puedo parar de –mientras voy leyendo- pensar cómo hubiera editado yo ese párrafo. Y ojo: salvo contadísimas excepciones, me le animo a cualquiera con la reedición. Al menos dentro de mi cabeza.

Con la radio tengo menos entreveros y un abordaje más utilitarista. La pongo, ahí, de fondo, mientras hago alguna otra cosa, pero nunca me van a ver sentado escuchando la radio. Es más, si hasta cuando hago radio me dan ganas de pararme y ponerme a caminar y hasta estoy tentado de llevarme la plancha, el apresto y las camisas al estudio para ir aprovechando el tiempo.

En cambio, así como soy un muy mal lector, soy el perfecto espectador de cine y el sueño de todo director: un chabón que abandona todo tipo de incredulidad al entrar a la sala. Para que se entienda: si la película es de terror yo no las puedo ver porque me dan miedo. Si es de guerra pienso que en cualquier cambio de escena me clavan un tiro a mí que estoy ahí sentado. Si es comedia me cago de risa aunque sea mala. Si es de esas cultas que pasan en el Malba dirigidas por algún chico rico que tiene veleidades metafísicas y rebeldía adolescente a los 40, me duermo. Es por estas razones que hace mucho tiempo que no puedo ver ningún film que sea un drama, porque lloro a moco tendido y no puedo evitar identificarme con el que la pasa mal.

Ya bastante tengo con mi propia mirada cuando salgo a la calle para andar pagando para sufrir.